El Torero (Teraverso Edition)
El Torero
Escrito por: Ritchmore Regum
Fecha: 30/08/2026
Edición: Entre Monstruos e Inhumanos = Teraverso
I
Ocurrió hace años cuando estuve en mi mejor época como el mejor torero de
Aguascalientes. No hay nada que encienda las llamas de mi corazón más que
enfrentarme cara a cara ante los cuernos de la muerte. Con mi burlona carmesí
engañé a varios toros; ilusos caen como si me fueran a dar hasta que se agotan
y, una vez rendidos ante el suelo, sacaba mi estoque para empuñarla dentro de
la frente del feroz animalejo. Era un enorme deleite escuchar sus bramidos de
la desesperación mientras que iba insertando mi espada lentamente para sacarle
toda su pulpa roja fuera de su cráneo hasta extinguir la luz de sus sollozantes
ojos.
No
había nadie que lo hiciera espectacular en la Feria Nacional de San Marcos y,
con la paga que recibía, era más que suficiente para proveer a mi amada esposa
y mi tierna chamaquilla Keila. Su preciado cabello rizado en trenza y su
amarillenta pero hermosa sonrisa es lo que me motivó para continuar con esta
profesión que tanto amo.
Una
vez finalizado mi turno, tuve tiempo de contemplar al resto de los toreros que
traían de otros estados, como de Ciudad de México, Tamaulipas, San Luis Potosí
y entre otros. Si soy sincero, ninguno me llegaba a los talones, a excepción de
un jalisciense cuyo desempeño se quedó a la mitad. Era un adulto flacucho como
palo de quince años, quien utilizaba un capote de color azulado en lugar de un
rojo tradicional. Se lo pude haber pasado si no fuera porque, después de
corretear al enorme toro hasta arrebatarle la energía… ¡No dio la estocada
final ni nada! Observé cómo el “sin agallas” acarició la cabeza de ese buey
como si fuera un enorme sabueso para, acto seguido, dar una reverencia al
público, y todos le aplaudieron. No entiendo por qué le aplauden a ese
fanfarrón cuyo trabajo lo hizo a medias, en lugar de darle cariñito a esa
bestia como si fuera mi hijo o hija, yo le hubiera clavado directo a su cabeza
con mi estocada hasta que su cráneo ya no cruja más.
Iba
a retirarme del estadio principal de la feria con un sabor amargo en mi
garganta hasta que mi patrón me notó en uno de los asientos y me llamó la
atención para platicar sobre cómo sería mi espectáculo en el último día de la
feria. Solo me dijo que pasaba por mi casa en uno de esos automóviles que están
de moda para personas acaudaladas como él para ir a un ganado cerca de Jalisco
para presentarme una idea millonaria que terminó siendo mi maldita perdición.
Una
vez que llegó el penúltimo día antes de finalizar el festival, mi patrón se
estacionó frente a mi sencilla casa con paredes gruesas; mi patrón solía pasar
por aquí para charlar sobre mi carrera mientras que mi esposa nos preparaba
comida y mi hija bromeaba con su gordura o calvicie.
En
esta ocasión, en vez de llevarme a otros estadios fuera de mi municipio natal,
me trasladó hasta el ganado que me platicó ayer. Una vez estacionado el auto
frente al lugar, nos bajamos mientras que el patrón recibe con un apretón de
manos ese hediondo palo cobarde, quien no se atrevió a matar a ese toro. De
haber sabido que lo iba a conocer, hubiera rechazado su oferta, pero ni modo,
aquí ya estoy para escuchar la propuesta del don.
—Bueno,
mi gran amigo Alejandro, creo que estuviste aquella grandiosa noche en donde el
talentoso Neil presentó ese enorme acto de vanguardia dentro de la escena de
las corridas de toros —dijo el patrón con una sonrisa llena de entusiasmo.
—Tú
debes ser Alejandro. Mucho gusto, mi nombre es Neil, también soy torero y es un
enorme honor que hayan venido desde tan lejos solo para conocerme —comentó
Neil, quien extendió su mano enfrente de Alejandro para un apretón de manos.
—Así
que… Neil, ¿verdad? Debo reconocer que tu desempeño me impresiona, a pesar de
tu cuerpo de varilla. Sin embargo, me quedaste a deber cuando te rehusaste a
matar a ese animalote hediondo; ya era para que le clavaras un puñal o algo —yo
respondí con indignación y rehusándome a apretar su mano.
—¿Se
refiere a Clayton? Yo sería incapaz de lastimar a mi hermano de alma. Es más,
me imagino que ustedes vinieron aquí para conocerlo… ¿Cierto? —preguntó Neil.
—Por
supuesto, desde que vi tu acto me ha producido una enorme curiosidad por verlo
más de cerca. Les aseguro, caballeros, que de esto podemos sacar algo de provecho
—comentó el patrón con una notable alegría en su sonrisa.
Neil
asintió con amabilidad mientras nos guiaba dentro de un establo chico: el lugar
estaba construido con madera y vi muchos corrales vacíos, a excepción de un
toro color negro con los cuernos más dorados que jamás he visto durante mis
corridas… No cabe duda de que ese mendigo animal era Clayton y, como si el
muchacho me leyera mal mi cara, contó un poco de su vida junto con el toro,
creyendo que yo compartiría el mismo interés que tiene mi acaudalado jefe.
“Este
es Clayton; él ha sido más que un toro para mí. Hemos sido amigos desde que
éramos bebés; se puede decir que él era como mi hermano. Siempre nos tenemos el
uno al otro y cuando yo estaba en problemas, él siempre abandonaba su corral
con el fin de salvar mi vida. Una vez en el colegio, mis compañeros de clase me
pateaban directo en mi panza hasta sacar sangre fuera de mi boca; de más está
decir que huyeron despavoridos como gallinas justo el momento en que Clayton
apareció y con su hocico acarició mi cuerpo para ver si estaba herido. Mis
padres, que en paz descansen, notaron nuestro fuerte lazo de amistad, por lo
que aprovecharon que nosotros hiciéramos diversos números ante la vista de los
pueblerinos, ya saben, trucos de sabueso, pero realizados por un toro… Si bien
me resistí a la idea al principio, al ver que a Clayton no le incomodaba,
seguimos adelante y tuve la suficiente lana como para comprar este pequeño pero
funcional establo.” Nos contó Neil, sin tomar en cuenta mi mirada repleta de
incredulidad.
—¿A
poco tú te duermes en uno de esos corrales? —pregunté al percibir la ausencia
de cualquier cosa que pueda servir como casa.
—Sí,
sé que ustedes duermen en cama, pero al priorizar primero en comprar este
establo para mi hermano del alma… Me acostumbré mucho a dormir sobre esta pila
de paja que nunca necesité comprar una casa para dormir en una cama.
—Es
muy impresionante todo, señor Neil… Cuénteme, ¿en qué momento tú empezaste a
practicar las corridas de toro junto con Clayton? —preguntó este panzón, quien
se mostró dispuesto a seguirle la corriente en su juego delirante.
—Simplemente
un día estábamos aburridos y, cuando agarré una tela azul tirada en la calle,
le dije a Clayton que, si jugábamos a que yo era el torero y él fuera el toro,
nos pusimos a practicar de juego toda la tarde hasta que nos agotamos y le dije
a Clayton que esto era más divertido que hacer simples trucos de perro y una
cosa llevó a la otra y me alegró mucho que a la gente le guste nuestro acto,
aunque difiera de una tradicional corrida de toros —contó Neil como si fuera su
más preciado recuerdo.
—¿Que
si difiere? Escúchame, muchachito, si quieres entrarle a esto de las corridas
de toros, las tienes que hacer con todo y huevos. A mí me vale si ese buey es
tu amante, novio o lo que sea, si tú lo vas a torear. También lo tienes que
matar. ¿¡Entendiste?! —respondí con mi enojo más largo que el cuello de un
gallo.
—Entiendo
que usted es un torero más tradicionalista, pero yo ya dije que no quiero matar
a mi amigo del alma. Clayton y yo somos uno mismo; si algo le fuera a pasar a
él, me haría un daño enorme, como si él fuera mi guía animal y yo el nahual.
—Neil respondió como si le hubiera tocado una fibra sensible.
El
panzón de mi jefe intervino en la discusión cuando notó que mi frente estaba
más roja que el jitomate. Solamente apoyó a Neil sobre su decisión de no matar
al mendigo toro y que, para finalizar la feria, él quería que yo toreara al
Clayton, pero sin matarlo, para poder dar paso a una nueva era marica de las
corridas de toro. En vez de darles una estocada al final como debe de ser,
ahora les tenemos que dar besos de lengüita… Qué maldito asco.
Mi
patrón agradeció por la estadía, nos despedimos de mano, y cuando salimos de
ese oloroso establo. Mi jefe me miró con esos ojos que intimidarían hasta al
más macizo del pueblo y me advirtió lo siguiente:
“Óyeme
bien, cabrón, yo sé que tú estás muy arraigado en eso de matar toros, vacas,
bueyes o demás chingaderas con patas. Pero si tú pones de tu parte en no matar
al torito, te vas a ganar un buen billullo para tu querida familia. Es más,
esta nueva era va a atraer a más público y, por ende, las corridas de toros no
van a ser ya mal vistas y así no se rompe uno la cabeza en donde conseguir más
toros fornidos y bravos; bien, hasta tu esposa e hija podrán ir a verte al fin
sin que se avergüencen de lo que haces y no te hagas pendejo, que recuerdo bien
esas discusiones en donde tu Juana ya te ha dicho que odia que mates animalitos
solo por orgullo. Ahora bien, no sé si lo sabías, pero tú no eres dueño de la
tradición; la tauromaquia es algo que se les ocurrió primero a los españoles
como yo, no a indígenas como tú. Sí me estás entendiendo, ¿verdad?”
Tuve
que resignar mi enojo para asentir con la cabeza. Ahora sí que el calvo me
tenía bien agarrado de mis huevos.
“Conste,
podré parecer un español riquillo, pero yo también he aprendido los modismos
que ustedes se inventaron luego de que ya dejaron de ser Nueva España hace un
chingo. En verdad te tengo mucha confianza, en torear no hay nadie quien te
iguale, por lo que no voy a mandar a alguien para que te inspeccione tu
chalequillo. No la vayas a cagar, cabrón, porque, si lo haces, yo puedo
destruir tu carrera en un chasquido. Sí me vas comprendiendo, ¿cierto?”
Volví
a asentir con la cabeza. Mientras que mi jefe me hacía la señal para que
entráramos dentro de su vehículo sin caballos, solo pude pensar en mi cabeza
que, por el bien de este bello deporte, voy a tener que matar a ese condenado
Clayton.
II
El
último día del festival llegó; me encontraba sentado enfrente del estadio al
lado del amable José Manuel, quien era el patrón del gruñón de Alejandro.
Estaba completamente nervioso porque, esta vez, no era yo quien toreaba a
Clayton, sino un desconocido; solo espero que mi hermano del alma ponga de su
parte.
José
Manuel notó mi nerviosismo y me tranquilizó con la atrayente idea de ganar
dinero luego de este encuentro, pero solamente me importaba que Clayton
estuviera bien. A mi lado, noté cómo en la siguiente columna de asientos
marmoleados de rojo se encontraba sentada una hermosa mujer de cabello negro
largo con adornos de flores, junto con una niña con trenzas encima de su
cabello oscuro; ambas tenían la piel morena igualita a la mía. Asumo que han de
ser familiares de Alejandro porque comparten la misma piel, pero me estaría
precipitando.
Una
vez que empezó la corrida, observé con alivio que Clayton ponía de su parte en
no herir de gravedad a Clayton mientras se correteaban entre ambos, como si
estuviera viendo un reflejo de mis recuerdos felices que compartimos. Sabía que
entre Clayton y yo teníamos una conexión esotéricamente especial porque podía
sentir desde mi asiento cómo cada bramido que Clayton soltaba durante la
corrida era como su forma de consolar la angustia de mi alma.
Entonces…
Llegó ese momento. Clayton se acostó con esa misma confianza que me tenía
cuando jugábamos a los toreros; lo único que tenía que hacer Alejandro era
acariciar la cabeza de mi preciado toro y nada más… Nada más… Nada más.
…
…
¿POR
QUÉ CHINGADOS TENÍA QUE SACAR ESA MALDITA DAGA Y LA ENCAJÓ SIN MUESTRA DE
PIEDAD AL CRÁNEO DE MI POBRE HERMANO?
Podía
sentir cómo esa sucia daga empalaba mi frente a la par de los bramidos de dolor
y sufrimiento que Clayton hizo para implorar piedad, pero… Ese maldito animal
solamente se reirá mientras gira el mango de la daga para perforar aún más su
cráneo mientras chorros de sangre salen fuera de su frente. Solo alcancé a
escuchar a José Manuel gritando insultos cortantes al estadio, mientras que la
audiencia realizó sonidos desconsolados, llegando al llanto.
Yo
solo pude sentir cómo mi alma se incendiaba; me dolió fuerte el corazón, como
si ese malnacido me hubiera clavado también. Lo único que pude escuchar de él
fue lo siguiente:
“¡MUERTE
A LA NUEVA ERA DE LAS CORRIDAS, LARGA VIDA A LA TRADICIÓN!”
Fue
ahí en donde una ira asesina se apoderó de mi cuerpo y, sin siquiera estar
consciente, salté sobre el escenario y corrí como un endemoniado nahual para
introducir mi uña directo a su ojo. Logré que ese desalmado idiota sangrara de
ese burlón ojo, para que recuerde que él también siente dolor. El inhumano me
intentó clavar su daga, pero esos años de tormento escolar no fueron en vano;
mordí fuerte directo en su mano para que soltara esa maldita daga y mi lengua
sintió su sangre fluir sobre mis papilas gustativas. Su sabor era hediondo, tal
y como llamó a mi Clayton cuando lo vio por primera vez.
Unos
guardias que contemplaron mi ataque nos separaron tarde, pero logré zafarme de
sus agarres solo para abrazar la cabeza inerte de mi querido hermano y llorar a
su lado; sus preciosos cuernos dorados fueron reducidos a unos apagados grises.
Gritaba fuerte su nombre para que la ahora poca audiencia restante, congelada
del miedo, no olvidaran quién fue este toro y… También, para poder recuperar
parte de mi alma muerta.
¡CLAYTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOON!
III:
Tenía
bien entendido que la tauromaquia ya fue ilegalizada en algunas regiones de
México, pero no en Aguascalientes; aquí todavía se vería como tradición… O
bueno, lo era.
Todavía
resiento ese día en el que Alejandro traicionó mi confianza al matar a ese
toro. Toda la fortuna que pudimos haber ganado, él lo ha hecho todo a perder
por su pendejo orgullo. Ya le dije a ese gilipollas que él no es inventor de la
tauromaquia y, sin España, el indulgente estaría en su casa de paja rascándose
los huevos, en vez de seguir chupándole las botas a una tradición que ni se
originó de aquí.
No
tiene sentido recordar ese evento con un rencor intoxicante; después de años
que ocurrió, no he vuelto a saber nada de Neil. Según las malas lenguas, dice
que murió en tristeza absoluta dentro de su establo por perder a Clayton, pero
cuando me mudé ahí, no conseguí ver su cadáver.
De
todas formas, construí una casa de lujo de dos pisos, pero no era para un
capricho mío, tenía que enmendar mi pendejada por confiar en que mi lucrativa
idea iba a funcionar, tuve que traerme a Juana y a Keila para que vivieran
conmigo, porque Alejandro se nos puso loco luego de la prohibición de la
tauromaquia aquí en Aguascalientes.
Lo
que más me alegró fue que Juana y Keila pudieron acostumbrarse en vivir en
Jalisco. Los costes de la comida, agua y la educación de Keila no era algo que
mi riqueza no pudiera comprar.
Sin
embargo, Juana y yo aún no nos hemos casado, pero noté que ella se estaba
arrimando a mí. No solo dormimos juntos en una misma cama del algodón más
cómodo y libre de parásitos chupasangre, sino que me ha dicho que jamás se
había sentido feliz y segura desde que se alejó de Aguascalientes.
Si
soy sincero, ni con toda la riqueza del mundo me podrá traer la misma felicidad
que ver su sonrisa. Lo más tierno es que Keila ya hasta me dice “Papi” en lugar
de “Panza que habla”. Realmente he cumplido bien mi cometido en estar presente
para ella. Y qué gran forma, sí, puse mi emprendimiento de útiles escolares de
última generación cerca de su escuela; es una mejor idea de negocios que
manejar toreadores, si me soy honesto.
Estaba
más que convencido de que hoy iba a ser el mejor día para todos. Logré comprar
un anillo de la esmeralda más preciosa que esta región podría conseguir para
sorprenderla con mi propuesta luego de cenar juntos pozole rojo como un bello
cierre para esta encantadora noche.
Sin
embargo, al regresar, noté que la puerta de mi casa estaba abierta. Me puse
nervioso en segundos, pero tenía que entrar para ver si mi amada y mi
chamaquilla estaban bien.
Cuando
subí a las escaleras hasta entrar lentamente al dormitorio… ¡No podía creer lo
que estaba contemplando!
¿En verdad
era Alejandro? … Logré reconocerle al instante ese ojo tuerto atrofiado en
mezcla de ausencia de grasa y sangre, piernas temblorosas como si él corrió
kilómetros para venir aquí y un pelo greñudamente largo rozando hasta sus
hombros. Él reposó jadeante y desnudo encima de mi mujer Juana, quien yace
inerte en la cama como si ese monstruo le arrebatara la vida mediante golpes
directos a su bello rostro, como si ella fuera golpeada con martillos de
carnicería. Alejandro giró su cabeza hasta que su mirada desquiciante pero
rencorosa perforó hasta el fondo de mi corazón y exclamó en un tono de voz
rasposa pero alzada:
—¡Con que
te atreviste a quitarme la vida, maldito panzón infeliz! ¡Mi ira es enorme por
tu estocada directa a mi frente y me aseguraré de darte, lo que tu gente
merece!
Como si
fuera el alma de un toro vengativo poseyendo el cuerpo de mi antiguo colega,
saltó de la cama para trotar, en sus cuatro extremidades, para embestirme como
si fuera una burla a mi pasado. Fue una cuestión de suerte y reflejo en dar un
paso hacia mi costado derecho. Alejandro estrelló su cabeza contra la pared en
una embestida intensa y dejó una marca circular de grietas y unas manchas de
sangre, mientras escuché claramente la forma en cómo todos los huesos de su
cráneo se rompieron como si fueran tablas de madera podridas. No pude procesar
lo que ocurrió en aquella noche; no solo perdí a un viejo amigo, sino también a
la mujer que más amaba.
Me senté
bajo el helado suelo y lloré desconsoladamente; sentí que mi vida ya no tenía
sentido para continuar. Eso sería de no ser porque sentí un tierno cuerpo
acurrucándose dentro de mis brazos como si fuera una cría buscando refugio. Al
abrir mis ojos pude ver a mi chamaquilla Keila; tembló de miedo por lo que ella
presenció, se mostró más asustada y confundida por lo que acaba de ocurrir a
diferencia de lo que mi rostro podía expresar. Acerqué mi brazo sobre su
delicado cabello y, para que el alma de Juana pueda descansar en paz, le
prometí que iba a estar para ella y que nunca la dejaré sola.
Ya tomé mi
decisión; en el día de mañana zarparé de vuelta a Granada, mi antiguo hogar,
para empezar de nuevo y estoy seguro de que mi hija amará todo lo que mi pueblo
natal tiene para ofrecerle. Quizás falle en proteger a mi querida Juana, pero
no le fallaré a Keila y lo sé porque, en mi viaje en barco, ella no se despegó
de mi lado como si estuviera curando los restos destrozados de mi corazón.
…
En el sentido literal.
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