¡Cortate el Cabello!

¡Córtate el cabello!

Cuento escrito en: 6 de Mayo de 2026

Era la frase resonante de una madre histérica quien la sola idea de que su hijo anduviera más greñudo que cabello de un metalero, le repugnaba y le revolvía el estómago como si hubiera comido habaneros rellenos. 

Su hijo, con su frente rojiza como si los reclamos de su madre fuesen el fuego de un soplete recorriendo su frente. Intentó discutir y aclarar que a él le gustaba tener el cabello negro así de largo hasta su cintura y más ancho como bola disco, pero lo único que conseguía era que ella le dijera “te ves más cachetón así.”

Una vez que la madre se retiraba de su desordenado cuarto lleno de posters y discos de la música más fuerte, intensa pero poderosa que te llega el alma. Su hijo pensó en una solución ortodoxa pero suficiente para liberarse de sus sofocantes y agobiantes reclamos.

Sacó una navaja y empezó a cortarse ambas mejillas como si estuviera cortando la mitad de una manzana y tiró sus mejillas al bote de basura negro, contrastando el charco rojizo de sangre que desprendía de ahí.

El hijo sonrió aún cuando sintiera el dolor fantasmal de no tener sus mejillas. Todo vale la pena para evitar que su madre vuelva a, según él, chingarle de nuevo con lo de su cabello. Después de todo, si no tiene mejillas ya no le dirá que esta cachetón.

Una hora pasó mientras que el hijo reprodujo el sonido estruendoso de las guitarras distorsionadas y vocales guturales que solamente su tipo de música podía ofrecer hasta que …

Volvió a entrar su madre.

¡Córtate el cabello!

Exclamó ella con su cabello apunto de volverse cano. Su hijo gruñó como si fuera poseído por un ente, pero, aun así, ella ni se inmutó y le amenazó con que si le vuelve a gruñirle que le quemaría sus discos de esa “música indecente”. Ella se retira de su cuarto, haciendo caso omiso sobre la mandíbula expuesta sobre los dos agujeros que tenía en lugar de mejillas, hizo caso omiso el repentino desplomo de parte de su hijo.

El hijo, una vez despierto, entiende la gravedad de la situación. Si quiere tener un mes de paz hasta que ella vuelva a hinchar las pelotas, lo iba a conseguir si eso significaba cortarse todo su cabello.

¡Eso es! exclamó mentalmente el hijo. Salió fuera de su casa, el entorno era de penumbra, como si la niebla oscura devoró las calles y solo dejó una cuadra intacta. Solamente se vio; un parque con columpios y césped seco, enfrente del parque estaba una peluquería con las paredes en negro, arriba al centro del local tiene escrito en bronce “Peluquería Samigina” y en la puerta café tiene grabado el símbolo de la cabeza de un caballo.

Una vez que el hijo entró al local, notó que él era el único cliente que había y en contraste el interior del local tiene las paredes de un rosado claro, techo gris y un piso de azulejos con cuadrados blancos y negros. Es recibido por una mujer alta de cabello negro largo, alas bronceadas y cabeza de asno, le respondió amablemente con un tono de voz grave, ronca y gentil:

—Adelante joven, póngase cómodo. —La peluquera sentó al hijo en una silla banca de madera. —

—Quiero que me corte nada más las puntas por favor. —El hijo le respondió como si fuera su peluquera del alma. —
—Claro joven, lo que se le ofrezca, por mi encantada.

La peluquera saco su rasuradora y corto toda la imponente melena que tenía el hijo como si podara el césped seco del parque hasta dejarle el pelo corto de tazón como si fuera de un músico británico sesentero.

El hijo asintió satisfecho al mirarse al espejo roto de enfrente y dio sesenta y cuatro pesos a la peluquera, quien al momento de recibirlos deposita el billete dentro de su boca como si fuera hierbas cocidas.

Se retiró del local y volvió a su casa para relajarse dentro de su habitación, disfrutando su mes de tranquilidad escuchando música disonante hasta reventar los altavoces de su grabadora hasta que …

Volvió a entrar su madre.

¡Córtate el cabello!

No duró un mes, no duró un jodido mes y ya vuelve a joderme la doña pendeja esta. Penso el hijo con frustración carcomida volando dentro de su desgastada mente. Esta vez se percató de que había algo diferente en la forma que su madre le replicaba, antes por lo menos ella le respondía con argumentos sobre el porqué no lucía bien con cabello largo, argumentos pendejos desde la percepción del hijo, pero eran respuestas claras. Ahora su madre le resaltaba la misma frase cada que su hijo le cuestionaba con furor sobre por qué no simplemente le deja en paz y que, así como estaba su cabello estaba satisfecho.

¡Córtate el cabello!

Esa frase grabada dentro de su memoria en un bucle interminable como la música que escuchaba. Fue con el local de la peluquera para que ella le rebajara su cabello aún más hasta quedarse con una calva lustrosa que iluminara el foco tenue del local. Sin embargo, no se sentía suficiente, sabía que podía pasar un minuto, un segundo o hasta un microsegundo después de que ponga un pie en su cuarto para que su histérica pero ahora monótona madre le vuelva a repetir la misma frase.

¡Córtate el cabello!

¡Córtate el cabello!

¡Córtate el cabello!

El hijo suspiró, con su último rastro de alma abandonando su recipiente corporal. Ordenó a la peluquera lo siguiente:

—Quiero que me corte más allá de solo las puntas, más allá de las raíces.

La peluquera sacó unas tijeras y apuñaló la parte trasera de su cabeza y empezó a cortar alrededor de la piel de su cráneo como si ella estuviera realizando unos recortes para una manualidad infantil.

Una vez realizado el corte, intentó despegar la piel fuera de su cráneo con sus dedos introduciéndose debajo del pellejo y arrancó toda la piel como si fuera una pegatina, dejando expuesto la estructura ósea de su cráneo. Las partes sobrantes de piel que aun estaban adheridas al cráneo las removió sin delicadeza con su rasuradora.

Eso solo ocasionó rupturas visibles del cráneo dejándose ver una masa gelatinosa, arrugada, babosa y de un color rosado grisáceo. En el momento que la peluquera vio su cerebro desde la apertura, uso sus dedos para destrozar y remover los pedazos de la estructura rota como si estuviera abriendo la cascara de una nuez para comerla.

El hijo se miró al espejo y asintió complacido ante el perfecto corte simétrico sobre su frente que ahora tenía y el cómo ahora ya no tenía cabello, ni cráneo y ni cerebro. Dentro de su interior solamente estaba hueco, vacío y sin algún rastro de materia visible.

Volvió a pagar con sesenta y cuatro pesos a la peluquera y volvió a comer el billete, a pesar de que su estómago ya se encontraba lleno luego de finalizar el corte, el hijo se retiró del lugar y regresó dentro de su cuarto triunfante.

Cualquier rastro de duda de que si este en verdad era su realidad o si se encontraba ahora en un plano existencial distinto fueron apaciguados por la potente música de las guitarras y gritos guturales, cada segundo sonando más disonantes y atónicas. De todas formas, el sigue disfrutando de su música mientras mueve la cabeza de arriba y abajo fugazmente en celebración por que tendrá su bien merecido mes de calma y tranquilidad hasta que …

Volvió a entrar su madre.

¡Córtate el cabello! 

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